(Tomás Lovano)
A veces hablamos sin pensar,
es bastante común y por eso
nos resulta aceptable:
Es justo aceptar en otros
aquellas prácticas dudosas
que todos frecuentamos
en algún momento.
No hay mucho que pensar:
La mayor parte de lo que solemos
compartir es de naturaleza dudosa.
No ocurre lo mismo al escribir:
Ésto nos obliga a pensar un poco
más; no podemos escribir cualquier
cosa: A las palabras habladas se las
lleva el viento:
Son parte del aire, mientras que
la palabra manuscrita queda. Se puede
ensuciar o borronear si lloramos o nos
sorprende la lluvia, pero algo queda,
aunque no valga la pena.
Una vez escribí un poema penoso,
lo hice sin pensar, como tantas cosas.
Después me arrepentí de no haberlo
pensado:
El poema penaba y apenaba
a quien se le acercara. Destilaba pena
en su forma y contenido, tanto que a veces
se confundían, algo penoso.
No había forma de salvarlo, tendría
que haberlo pensado antes.
Si lo pensaba, no lo escribía, pensé.
Todos tenemos nuestras propias penas,
y son más que suficientes como para
interesarnos en penas ajenas.
Es penoso, pro algunos apelan a penas
u otras emociones como señuelo
para que otros lean y compartan sus
penas, a veces apócrifas.
Hay que evitar el compromiso
emotivo con la pena y todo aquello
que resulte sospechoso:
Las penas son de nosotros,
los poemas, en cambio, son
enajenables.