(Malcolm Mercader Ergástulas)
Las horas están unidas
por el vértice, como cualquier
cadena de significantes.
Una vacía, tiene el mismo
valor que su cosecante henchida:
ambas son una unidad.
Todo lo pensable es posible,
no hace falta conocer al autor
de una frase para reproducirla:
Somos sensibles a la luz,
a la vacilación del tiempo
y a los ciclos que concurren
en la composición de la materia
orgánica y su descomposición.
Las horas no necesitan que pase
nada para unirse al pasar, y
encadenarse:
Suelen limitar unas con otras
reproduciendo la ilusión
del movimiento secuenciado
y eterno.
Ahora estamos. Podemos registrar,
verificar nuestra participación en
el discurso del tiempo, decir ahora
es asirse a algo que ya fue:
Siempre es ahora,
preguntaba un poeta en un poema
que siempre olvido.
Las horas, en cambio, son ajenas
a nuestras formas de consumo, no
se alteran, no mueren, no pueden:
Habrá otras que no compartiremos.
Un día es una cantidad de horas:
En una misma hora podemos ganar
masa muscular, perder masa neuronal
o viceversa, incorporar neurotoxinas
y producir oxitocina.
Todo lo posible es también pensable,
sin necesidad de llevarlo a la práctica.
Acciones y pasiones, aspiraciones,
sueños e interpretaciones, más todo
lo pensable y agregable, tributa
a funciones encadenadas,
como las horas que no pasan ni dejan
de pasar mientras hacemos tiempo,
o estamos pendientes de la transmisión
de una cadena de conectores neuronales.
Oíd el ruido.