(Serafín Cuesta)
Hilvanaba saltos puntuales
como quien teje un surco
en su mañana.
Saltos infundados, espaciados.
Saltos salteados, hilvanaba
en su carrera sin destino.
Corría y saltaba sin detenerse,
cada tantos pasos de carrera
ocurría el salto.
Saltos desusados, por lo regular,
que repetía con una frecuencia
bastante regular:
Una intermitencia bien hilvanada
como si fuera un ritmo prefijado,
impuesto al movimiento vivo.
La continuidad contagia, como los
ritmos regulares que cursamos sin
conciencia, al hilvanar acciones y
pasiones grandes y pequeñas.
Todo cuanto hacemos y sentimos
se hilvana al ruedo del vacío:
Si no fuera por la gravedad, el salto
en largo o en alto sería un camino
sin retorno.
Los atletas olímpicos verían recortadas
sus ambiciones y aspiraciones de elevarse
y romper marcas. Cada salto sería único
e irrepetible, es decir insuperable.
Pero quien protagonizaba esta carrera
salteada no parecía pensar en eso.
Hilvanaba esa continuidad como quien
teje una mañanita sin destino.
El sentido es otra cosa: A esta altura
de la carrera, es posible haber perdido
el hilo, pero la continuidad está a salvo:
La repetición infundada hilvana la ilusión
de continuidad, por lo regular.
Si se busca el sentido, esa práctica anómala
podría ser un entrenamiento para el salto de
vallas.
Los saltos regulares, serían proporcionales
a la altura de las vallas imaginadas.
La imaginación puede completar lo que haga
falta para producir sentido.