(Amílcar Ámbanos)
La poesía no es un servicio público,
como la luz.
Pero tampoco lo contrario: No se sabe
qué es lo contrario de aquella, aunque
sabemos que lo contrario de la luz es la
oscuridad, como nos fuera revelado.
Valga la salvedad, no se puede leer
a oscuras y no todos tienen luz:
Los servicios públicos tienen un costo
y hay que pagarlo, no todos pueden.
Así funciona el mundo de lo público,
algunos pagan para publicar sus poemas,
otros aceptan pagar un precio por algunos
poemas y compran libros, y otros no:
No todos compran libros, y menos aún
de poemas; hay otras necesidades, y la
mayoría no necesita ningún poema.
Hecha la salvedad, el servicio de la función
poética es abierto y de libre acceso: Todos
podemos incurrir en esa manufactura.
A algunos les sirve creer que cuentan con
un público que espera sus poemas, y eso
los estimula a seguir produciéndo:
La escritura, como la producción, son actos
de fe. Se produce para un mercado imaginario,
tan imaginario como ese lector que, con avidez
espera nuestros poemas.
La fe no es un servicio público, pero puede
servir para convencernos de cualquier cosa
y es de libre acceso.