(Alí Carnazo)
Si
no me equivoco
podría
descansar sobre mis laureles,
pensó
Fausto, un hombre justo
y
razonable.
No
se equivocaba: Podría hacerlo,
ya
que tenía sueño, sólo que carecía
de
laureles.
Es
cuestión de conseguirlos, pensó
Fausto,
no ha de ser tan difícil obtener
unos
laureles. Conozco a unos cuantos
que
no parecen más capaces que otros
y
los tienen.
Pero
tenía sueño y necesitaba dormir
para
reponer energías, antes de ir por
sus
laureles.
Todo
es parte de otra cosa, en la vida.
Y
todo lo que nos da la vida es parcial,
pensó
Fausto antes de conciliar el sueño
sin
laureles.
Ya
dormido, soñó el sueño que necesitaba,
un
sueño justo, que podría ser el sueño de
los
justos.
Soño
con un jardín, muy parecido al suyo,
donde
crecían laureles: Varias plantas de
laurel,
unas más altas que otras..
Pensó
en Dios, en el cultivo espontáneo
de
la fe y agradeció el prodigio como buen
creyente.
Lo
interrumpió una voz ronca y cansada,
que
provenía de un pájaro -estas cosas
pasan
en los sueños-
“Si
vas a agradecer, agradeceme a mi,
que
soy uno de nosotros”. Y el ave habló
y
lo desasnó:
Si
tenés laureles es gracias a nosotros,
que
comemos sus bayas, como otras, no
importa
donde ni de quien sean, y venimos
a
cagar acá, como podríamos hacerlo
en
cualquier otra parte. Las semillas que no
digerimos,
hacen el resto.
Así
que ya sabés a quien tenés que agradecer,
no
seas animal y disfrutá tus laureles.
El
pájaro levantó vuelo, después de defecar
en
el sueño de Fausto, que reflexionó:
El
ave no era muy simpática, pero habló con
la
verdad y su palabra es irrefutable.
Todo
lo que somos lo debemos a metabolismos
ajenos.