(Serafín Cuesta)
Obedecer
es más sencillo
que
no hacerlo.
Parece
una contradicción,
si
pensamos en el principio
básico:
no hacer es más fácil
que
hacer, aplicable a todas
las
otras acciones.
Pero
no somos dados a pensar
demasiado,
preferimos no hacerlo
porque
es más fácíl.
Si
lo pensamos más, no pensar
también
puede ser un acto
de
obediencia.
Todos
obedecemos impulsos
y
necesidades que obedecen a
nuestra
naturaleza biológica y
social,
no hace falta pensar.
Mayormente,
obedecemos impulsos
y
deseos vinculados al mundo exterior.
Ese
mundo, que es también el nuestro,
nos
reconoce en tanto aceptamos
ciertas
condiciones que no podemos
dejar
de obedecer.
Todas
las organizaciones humanas
que
determinan formas de convivencia,
producción
y participación social, se
sostienen
en el principio de obediencia.
:
No
existiría ningún tipo de autoridad
posible,
sin su contraparte necesaria:
los
que obedecen.
Más
allá de la obediencia debida
como
principio de la disciplina militar,
la
voz de mando y el ejercicio del poder
están
presentes en todos los ámbitos
de
las relaciones humanas.
¿El
ejercicio de la obediencia es más
sencillo
que el de la autoridad?
No
me siento autorizado a emitir
esta
opinión, sin perjuicio de reservarme
el
derecho de pronunciarme cuando lo
crea
oportuno y se presenten las condiciones
para
emitir un juicio justo con toda libertad.
Prefiero
compartir preguntas, más que
opiniones:
¿La
obediencia crea tendencia?
¿Necesitamos
más líderes, o bastaría
con
que fueran mejores?
¿Necesitamos
nuevos líderes, capaces
de
juzgar y condenar a todos los líderes
que
nos condujeron a esta crisis?
¿Podríamos
desarrollar nuestra propia
capacidad
de liderazgo para no depender
de
otros líderes, o al menos liderar algún
segmento
de algo?
¿Siempre
habrá quien obedezca
si
está bien liderado?
Bartleby
no tenía aptitud de mando
ni
vocación de servicio, ni condiciones
de
líder, pero se hizo famoso con su
frase
breve de tres palabras:
Preferiría no hacerlo.