(Vicente Oiran)
Las goteras ya no son lo que eran.
Antes no me costaba asimilarlas
a la lluvia:
Gotas que caen a una frecuencia dada
obedeciendo a la ley de gravedad,
que es la más natural de todas.
Era oírlas, aceptarlas y naturalizarlas
al unísono, en una misma secuencia
perceptiva.
Cuando se es joven, es más fácil
naturalizar todo, hay otra disposición
y otra percepción:
Todo es como es, y resultaría inútil
oponerse a aquello que no podemos
cambiar, habiendo tanto para hacer.
Los jóvenes sienten que tienen todo
por hacer y no es saludable dilapidar
energías en goteras, sabiendo que hay
que cambiar el mundo.
¿Quién lo haría, si no: los viejos quejosos,
amargos y meados que ya tuvieron
la oportunidad y fracasaron?
Pero esas goteras de juventud
poco se parecen a ésta, que persiste
en su monótona amenaza como una
burla del tiempo, que gotea
preanunciando algo peor, tal vez,
que la vejez.