(Alí Carnazo)
Las culturas son dinámicas,
los valores humanos cambian
y se ajustan a los tiempos y
las nuevas realidades históricas.
Nos reconocemos como una
nación carnívora, con fuertes
tradiciones entrañablemente unidas
a la carne de mamífero.
No sólo supimos ostentar el mayor
consumo de ganado por cabeza, sino
que nos daba el cuero para ofrecer al
mundo los excedentes exportables de
nuestra carne, calificada como la mejor
del planeta de la carne.
Ésto nos ganó el respeto y la valoración
de las naciones hermanas, o no tanto y
el orgullo de sabernos la carnicería
del mundo, además del granero.
Pero algo ha cambiado, todo cambia
y es natural: el mundo nunca ha dejado
de cambiar, y nosotros tampoco:
No podíamos seguir comiendo la misma
carne; la carne cambia y es perecedera.
Muchos cambios culturales se están
produciendo en el mundo. Entre ellos,
los hábitos alimentarios que deben
adaptarse a las nuevas condiciones
que la dinámica de la evolución impone.
Es momento de apostar a la diversidad,
fuente de riqueza, y descubrir otros sabores:
La carne de burro es una buena opción,
sin salir de la tradición mamífera, y
merece una oportunidad.
Algunos ya la adoptaron con éxito:
La biodiversidad disponible enriquece
nuestro capital cultural y el abanico
de sabores que pueden sorprendernos
es casi infinito:
Somos los más omnívoros y estamos
diseñados para metabolizarlo todo,
o casi todo.
Seguramente aparecerán otras opciones
en el horizonte de la carne, y habrá que
estar abiertos a las oportunidades para
seguir creciendo:
La cultura, la hacemos entre todos.
Somos muchos y diversos, y somos mucho
más que el número de cabezas de ganado
bovino, o porcino que abonan estas pampas.
¿Sabías que la carne de sapo es apta para
consumo humano, rica en nutrientes, magra
y contiene todos los aninoácidos esenciales?
Además, es de fácil digestión y combate
el tránsito lento.
Y no es cierto que produzca adicción.