(Amílcar Ámbanos)
La ambigüedad de los signos
puede jugarnos en contra,
como receptores.
Esa propiedad puede llevarnos
a malinterpretar mensajes,
o incluso tomar por auténticos
enunciados divinos a mensajes
apócrifos, enemigos de la verdad
y la fe.
Vivimos rodeados de mensajes
que circulan en todos los sentidos
disponibles, como si fueran dioses.
Todo está lleno de dioses, afirmaba
Tales, desde una percepción acaso
más desarrollada que lo normal.
¿Qué es lo normal, sino un mensaje
ambiguo sin más fundamento que
el de disciplinar nustro pensamiento
y conducta?
Si alguna vez, todos los mensajes
supieron reconocer origen divino,
eso duró hasta que alguien descubrió
la utilidad de esa ambigüdad.
No importa cuándo ocurrió, pero
desde entonces esta propiedad no ha
hecho más que desarrollarse:
Podemos decir que todas nuestras
propieades son mayormente ambiguas
a excepción de nuestro cuerpo, del que
no sabemos mucho pero es lo único que
tenemos, más allá de su valor.
Luego, rodeados como estamos,
de mensajes, unos concomitantes, otros
opuestos enntre sí y en relación a otros,
dependemos de interpretaciones, cuya
mayoría nos viene dada:
Algunas más engañosas que los propios
mensajes interpretados.
No hay una solución a la vista:
Los signos que componen los mensajes
son ambiguos, y los mensajes no podrían
no serlo.
Algunos proponen resolverlo acabando
con los malos intérpretes, algo dudoso.
Otros insisten en que hay que matar
al mensajero, no importa cuántos sean.