(Carlos Inquilino)
Siempre
estuvimos en guerra.
Desde
tiempos oscuros, ella
marca
el ritmo de la evolución
histórica.
Siempre
hubo algo que disputar
desde
que sabemos.
El
conflicto impulsa el desarrollo
material,
la producción de conocimiento
y
las técnicas para obtener recursos
bélicos
que superen a los del enemigo.
No
hay evolución sin contradicción.
Las
contradicciones se resuelven
con
inteligencia, astucia, violencia:
Ninguna
de estas condiciones es
excluyente.
Siempre
estuvimos en guerra,
el
hombre es un conquistador
antes
que cualquier otra cosa.
Hubo
guerras por el fuego, la conquista,
el
oro, el oro negro, el agua, el opio,
la
religión y hasta una guerra del fútbol.
¿Es
la guerra el opio de los pueblos?
Siempre
hubo motivos para justificar
y
entablar guerras.
La
guerra de los sexos no pasó a mayores.
La
evolución natural multiplicó géneros y
opciones
electivas para integrarse sin
conflicto
al modelo inclusivo que hace
sustentable
a la guerra.
La diversidad
enriquece, tanto al cuerpo
social,
las relaciones humanas e interespecies
como
la visión ontológica de la naturaleza
del
conflicto:
Hoy
nadie sabe bien quién es el enemigo.
Tampoco
hay certeza sobre el fin de esta
guerra:
podría prolongarse indefinidamente.
Pero
sabemos que somos parte de ella, que
marca
el ritmo evolutivo y que la Historia
no
se detiene.
¿Contra
qué se entabla el ritmo de los cuerpos
en
disputa? ¿Está en disputa el futuro?
¿Es
ésta nuestra guerra, o sólo funcionamos
como
cómplices?
¿Cuántos
cómplices se necesitan para que
ésto
funcione?
¿Dependemos
de mantener una dependencia
funcional?
¿Hasta qué punto dependemos de
la
biodiversidad?
¿Se
debe defender la dependencia?
¿Es
condición necesaria para acceder al goce
de
un cuerpo soberano y libre de emitir su
deseo
disidente?
¿Todos
somos parientes, que descendemos
de
distintos combatientes?
¿De
qué lado estás?