(Alí Carnazo)
Lo peor ya pasó, yosapa,
se dijo a sí mismo
el cadáver del payaso.
Los payasos están de paso,
y no dejan casi nada:
Hacen lo que pueden
para divertir a otros
durante su vida útil.
Se mueven con torpeza
estudiada, procurando ser
graciosos.
Medran con la ingenuidad
de la infancia que no dura.
Luego pasan y nadie recuerda
sus payasadas.
Algunos se pintan caras tristes,
previendo, acaso, el futuro que
les espera.
Es difícil que un payaso
vaya a hacer otra cosa, como
boxear, buscar un trabajo digno
de barrendero o administrar una
empresa.
Se aferra a la vocación y vive
a su servicio, pase lo que pase.
Para quien no lo entiende, luce
triste la vida del payaso, aunque
tampoco es la única.
Pero todo pasa, como las malas
digestiones y los sueños tristes
del payaso.
También las modas pasan,
y hoy casi no quedan payasos
en actividad, ni son necesarios:
Hoy cualquiera hace payasadas,
dice pavadas o emite exabruptos
haciendo gala de su torpeza, incluso
desde los niveles más altos de la
actividad pública.
Hay quienes lo festejan,
como si fuera un noble payaso
verdadero.
Lo peor ya pasó.