(Amílcar Ámbanos)
-Suelo desconfiar de la gente que
no trabaja.
-Está bien, yo suelo desconfiar
de la gente que trabaja.
-¿No trabaja?
-No tengo tiempo.
-Es un buen argumento, pero si lo
tuviera sería otro cantar.
-¿En qué sentido?
-Bueno, no sé qué haría.
-Nadie sabe lo que haría con lo que
no tiene.
-Tal vez trabajaría, digo. Al menos,
no tendría ese argumento.
-Hay argumentos para todo, no se crea.
Y cuando no, se crean: Los argumentos
son creaciones humanas, de las más
útiles: Sirven para justificar todo.
-Le doy la razón, pero eso no excluye,
la posibilidad de que aprovechara su
tiempo en trabajar.
-No puedo descartar nada, pero descarto
que trabajar sea la mejor forma
de aprovechar el tiempo, y dudo que sea
una. La palabra aprovechar no me parece
útil como eje de un argumento: Es ambigua
y descarable. Preferiría hablar del tiempo,
antes que perderlo en aprovechamientos
dudosos.
-Igual lo va a perder, no hay otra opción.
Pero ¿De qué estamos hablando? ¿Acaso
no había dicho que no tenía tiempo?
-No recuerdo, no se puede volver atrás,
salvo cn la memoria. No tengo tiempo
para hacer memoria, con la tengo me es
suficiente.
-En fin, de todos modos, no expuso un
arumento convincente para justificar su
rechazo al trabajo.
-No afirmé tal rechazo.
-Dijo que desconfiaba de la gente que trabaja.
-Sí, no es lo mismo. Y no creo necesario tener
que justificarlo, no pretendo convencer a nadie
de nada, y desarrolar argumentos es trabajoso:
Todos se arman con palabras, y bien sabemos
lo que eso significa y lo poco que vale.