(Florencio Cusenier)
Todos oímos hablar de la
universidad de la calle, ciertamente
un exceso retórico para justificar
la ignorancia.
Nadie ignora que el hombre
es el único animal capaz de
justificar todo lo que hace.
¿Un crimen pasional? ¿Una pasión
desbordada? ¿Un exceso de amor?
¿Actuó bajo un impulso emotivo
fuera de control? ¿Un exceso en la
legítima defensa?
Para esas cosas, contamos con la labor
de una justicia independiente, que
establece los límites del exceso.
Pero más allá del exceso verbal, no
se puede negar que la calle es una
fuente de conocimiento, un lugar
donde siempre se aprende algo, si
se está dispuesto.
Ayer, estando en la calle, vi a un hombre
adulto paseando a su perro, al parecer
un perro adulto.
El hombre tosió, el perro estornudó:
Nada fuera de no normal en el concierto
de emisiones de los transeúntes, sean
cuadrúpedos o bípedos.
Poco después, el hombre estornudó
y el perro no, y tampoco tosió.
Dicen que las mascotas, terminan
pareciéndose a sus dueños. Yo también
lo creía, después de haber observado
durante muchos años esa semejanza.
Ahora estoy pensando que tal vez
no sea así, sino lo inverso, y en realidad
somos nosotros los que nos vamos
pareciendo, cada vez más, a nuestras
mascotas.
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