(Elpidio Lamela)
Conocemos privaciones,
de distinto tenor y medida.
No podemos medirlo, pero
todos nos privamos de algo
en beneficio de la convivencia.
Sabemos convivir con privaciones,
que aceptamos a sabiendas de que
sin ellas, no sería posible la sana
convivencia.
Todos estamos privándonos de algo
en distinta medida. No somos todos
iguales, por eso necesitamos distintas
privaciones y asumimos la necesidad
como un costo de la sana convivencia.
Quien dice yo no me privo de nada,
o miente, o es neurodivergente: Hay
ciertos límites impuestos por la ley,
y luego otros que emite la conciencia:
La autocensura y la propia represión
del instinto, son mandatos sociales
para sostener la sana convivencia.
Las privaciones son tan diversas
como incontables. Sin embargo, casi
todas tributan a la propia percepción,
privativa de cada individuo, o sujeto,
público o privado.
Yo no tengo casa, pero no lo percibo
como privación porque nunca la tuve:
Es sólo un ejemplo.
Yo no tengo oído absoluto, pero antes
tampoco lo tenía y no lo siento como
una privación en absoluto.
O bien: Yo no tengo vida privada,
y como nunca la tuve, no la conozco
y no me afecta como privación.
Hay muchos más ejemplos, dado que
las privaciones son muchas y diversas
y aumentan en proporción directa con
la evolución de la especie.
Básicamente, las privaciones se dividen
en legítimas e ilegítimas, condiciones,
ambas, temporales:
Nada es para siempre.
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