(Serafín Cuesta)
Es saludable tener una bandera
que saludar. No importan los
colores, las formas y el tamaño:
La bandera nos cobija, y es prenda
de unidad. Basta reconocerla como
propia y reconocerse en ella
para ser reconocido.
Nuestra bandera es la única
en su género y eso es lo único
que importa.
Nuestra bandera nos reúne, como
se enseña en los claustros, porque
es nuestra enseña, representa nuestros
valores y nos diferencia de los que
tienen otras banderas, tanto como de
aquellos que no tienen ninguna:
Éstos son los más sospechosos:
Es difícil encontrar argumentos
que justifiquen esa falta.
Las banderas ajenas pueden, según las
circunstancias históricas, reconocerse
amigas o enemigas o indiferentes, es
algo ocasional:
La Historia es dinámica y todos podemos
pasar de amigos a enemigos y viceversa,
o cambiar de bandera.
Pero de aquellos que ostentan la falta de
bandera propia, no sabemos qué se puede
esperar.
Sabemos, en cambio, que de quienes
carecen de valores no se puede esperar
nada, a lo sumo algún ataque de falsa
bandera.
Todas las banderas merecen nuestro respeto,
algunas más que otras, hay que reconocer:
La bandera es más que un símbolo portátil:
El estandarte sirve para reconocernos y ser
reconocidos.
Tener una bandera es saludable, no importan
sus colores, formas y tamaño: Ella sintetiza
y expresa nuestra historia, y nos identifica
ante el mundo embanderado.
No importa que haya otras más bellas
y atractivas: Ésta es la nuestra, la tuya, la mía.
No me importa que nadie más la comparta:
Es mi bandera, mi prenda de unidad.
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