(Epifanio Weber)
Somos esclavos de nuestras palabras.
Aristóteles no se privaba del uso
de la palabra, eran otros tiempos:
Estaba todo por hacer y había mucho
para decir, no como ahora
¿Qué se puede decir, que no haya sido
dicho, probablemente mejor de lo que
podríamos hacerlo?
No hay que generalizar: es una forma
de reducir y todo reduccionismo en
engañoso.
Aristóteles no hablaba por hablar,
antes de emitir estos enunciados,
pensaba y calibraba el sentido
de cada palabra.
Solemos tomar la segunda parte,
pero la frase es:
Somos dueños de nuestros siencios
y esclavos de nuestras palabras.
La práctica reductiva es común
a todos los sistemas de comunicación
humana, como recurso económico.
¿Pero por qué omitimos el silencio?
Si profundizamos en el sentido
del aforismo escolástico, el silencio
nos haría libres, aunque a un precio
que nadie quisiera pagar.
Preferimos la esclavitud,
que ya la conocemos y siempre
funcionó.
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