(Elpidio Lamela)
Supo heredar esa adicción,
algo dudosa pero autóctona.
Una adicción pasiva, latente,
en buen estado.
Así, la hereda y la hace suya:
la activa, como si fuera una
adicción nativa.
No conforme, la desarrolla
y logra superarla.
Pero no sólo la supera, sino
que la perfecciona:
es un perfeccionista nato, aunque
no lo sepa (hay cosas que no hace
falta saber y nadie sabe para qué
sirven)
No se detiene en la perfección
y va por más: sigue avanzando
hasta enriquecerla:
Le agrega valor, eso lo satisface,
pero comprueba que su adicción ya
no es la misma, aunque siga siendo
suya, acaso más que la heredada.
Desde su experiencia adictiva, tal vez
única e inapropiable, concluye ahora
su tesis filosófica, que deja como legado
a futuras generaciones de herederos:
Somos la herenca genética que recibimos
más el valor que sepamos agregarle, o
restarle. Nada puede permanecer idéntico.
La vida no es sólo un campo de batalla
para emprender la lucha contra el prójimo.
Es también un caldo de cultivo para el
desarrollo de vicios y virtudes:
Ambos, perfectamente superables.
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