lunes, 15 de junio de 2026

La pena ajena y el poema

 

 

(Tomás Lovano)

 

A veces hablamos sin pensar,

es bastante común y por eso

nos resulta aceptable:


Es justo aceptar en otros

aquellas prácticas dudosas

que todos frecuentamos

en algún momento.


No hay mucho que pensar:

La mayor parte de lo que solemos

compartir es de naturaleza dudosa.


No ocurre lo mismo al escribir:

Ésto nos obliga a pensar un poco

más; no podemos escribir cualquier

cosa: A las palabras habladas se las

lleva el viento:


Son parte del aire, mientras que

la palabra manuscrita queda. Se puede

ensuciar o borronear si lloramos o nos

sorprende la lluvia, pero algo queda,

aunque no valga la pena.


Una vez escribí un poema penoso,

lo hice sin pensar, como tantas cosas.

Después me arrepentí de no haberlo

pensado:


El poema penaba y apenaba

a quien se le acercara. Destilaba pena

en su forma y contenido, tanto que a veces

se confundían, algo penoso.


No había forma de salvarlo, tendría

que haberlo pensado antes.

Si lo pensaba, no lo escribía, pensé.


Todos tenemos nuestras propias penas,

y son más que suficientes como para

interesarnos en penas ajenas.


Es penoso, pro algunos apelan a penas

u otras emociones como señuelo

para que otros lean y compartan sus

penas, a veces apócrifas.


Hay que evitar el compromiso

emotivo con la pena y todo aquello

que resulte sospechoso:


Las penas son de nosotros,

los poemas, en cambio, son

enajenables.

 

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