(René Gociarte)
El gusano empetrolado
se ufanaba de haber sobrevivido
a todas las crisis históricas
a lo largo de su vida de gusano.
Lucía una sonrisa de oreja a oreja
y derramaba empatía, junto a la
contaminación natural que une
a humanos y gusanos, recordando
su pasado:
Yo era un gusano de pura sangre,
sanguíneo por naturaleza, andaba
a puro impulso, satisfecho con mi
tracción a sangre.
Pero una vez caí, en un dscuido
y fui sorprendido en mi buena fe:
No sé cómo fue, qué me pasó,
pero ese día aflojé:
Recibí un tajo profundo, vacilé
y quedé mal parado. Perdí un tracto
y un buen segmento de mi vida
se fue con él.
Pensé que era el fin, que todo estaba
perdido para siempre, pero después
me recompuse: La pérdida no había
interesado ningún órgano sensible
ni vital, y lo demás se reproduce.
Sin embargo, no volví a ser el mismo:
Sangraba por la herida y no quería
verme así, con la sangre en el ojo.
No quiero ser un gusano resentido,
sin fe, tomar el camino de la violencia
y terminar como un gusano disolvente,
sedicioso y asocial, me dije.
Así fue que me olvidé de la sangre
derramada y me volqué al petróleo,
otro recurso natural que además
me sirve para ocultar cicatrices.
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