jueves, 30 de julio de 2026

Ante estos claros signos de ambigüedad

 

 

(Amílcar Ámbanos)

 

La ambigüedad de los signos

puede jugarnos en contra,

como receptores.


Esa propiedad puede llevarnos

a malinterpretar mensajes,

o incluso tomar por auténticos

enunciados divinos a mensajes

apócrifos, enemigos de la verdad

y la fe.


Vivimos rodeados de mensajes

que circulan en todos los sentidos

disponibles, como si fueran dioses.


Todo está lleno de dioses, afirmaba

Tales, desde una percepción acaso

más desarrollada que lo normal.


¿Qué es lo normal, sino un mensaje

ambiguo sin más fundamento que

el de disciplinar nustro pensamiento

y conducta?


Si alguna vez, todos los mensajes

supieron reconocer origen divino,

eso duró hasta que alguien descubrió

la utilidad de esa ambigüdad.


No importa cuándo ocurrió, pero

desde entonces esta propiedad no ha

hecho más que desarrollarse:


Podemos decir que todas nuestras

propieades son mayormente ambiguas

a excepción de nuestro cuerpo, del que

no sabemos mucho pero es lo único que

tenemos, más allá de su valor.


Luego, rodeados como estamos,

de mensajes, unos concomitantes, otros

opuestos enntre sí y en relación a otros,

dependemos de interpretaciones, cuya

mayoría nos viene dada:


Algunas más engañosas que los propios

mensajes interpretados.


No hay una solución a la vista:

Los signos que componen los mensajes

son ambiguos, y los mensajes no podrían

no serlo.


Algunos proponen resolverlo acabando

con los malos intérpretes, algo dudoso.

Otros insisten en que hay que matar

al mensajero, no importa cuántos sean.

 

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