(Serafín Cuesta)
Todo somos iguales
ante un acorde perfecto,
esa tríada.
No se necesita un oído absoluto,
ni conocer de acordes,
ni siquiera saber música para percibir
la perfección.
Cuando el acorde crece, y suma
otros sonidos, agrega matices, tensiones,
se enriquece pero pierde la perfección.
Nosotros nunca la perdemos
porque nadie es perfecto cuando nace,
ni cuando muere. En eso, somos todos
iguales, sólo en eso.
Se podría decir que nos une
la imperfección, pero es dudoso:
Todos tenemos un lado obscuro
y preferimos no compartirlo.
No es mucho lo que podemos compartir.
Yo prefiero los acordes imperfectos,
esos que tienen nombres difíciles
y son pura tensión, a resolver.
Así como los poemas imperfectos,
que no se sabe or qué existen,
ni qué los justifica.
Mis gustos son dudosos, como todos.
No aspiro a la perfección, y nunca
tuve oído absoluto, por lo que sé.
Las dudas son de nosotros,
las certezas son ajenas,
escribió un poeta dudoso.
Ésto tampoco es un poema.
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