(Serafín Cuesta)
Los códigos vencidos
apuran la emisión continua:
barras de barro, mensajes
cada vez más breves
disputando la utilidad residual.
Si hacemos números
podríamos quedar afuera
y volver a la intemperie.
Vértices sobran, pero no son
como los originales.
Nada es igual como para confiar
bajo estos códigos vencidos.
Nada es igual, ni el azul
de nuestras várices añosas.
Nada es igual, ni la voluntad
discreta de los cadáveres
fuera de control, ni nuestros
cuerpos cavernosos.
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