(Serafín Cuesta)
Nadie se salva solo,
ni el humilde bacilo patrio
que se solaza en nuestras tripas.
Nadie se salva solo,
ni el parásito primordial
del que supimos descender.
Uno no le debe nada a nadie,
cantaba el joven Moris, uno
de los pioneros del rock nacional
cuando era contracultural, hace
50 o 60 años.
Eran tiempos de cambios,
el espíritu rebelde florecía en esas
generaciones de jóvenes deseosos
de cambiar el mundo.
Después todo cambió, hubo un proceso
de reorganización nacional, la deuda
privada se volvió pública y empezó
a crecer, mientras aprendíamos a procesar
el cambio:
Todos somos deudores, tal vez siempre
lo fuimos y no lo percibíamos, pensamos.
Años más tarde, se naturalizó con el arribo
de nuevas fuerzas políticas identificadas
con el cambio, con la palabra cambio:
Compromiso por el cambio, Juntos por el
cambio, la fuerza del cambio.
¿Un cambio de valores?
El sentido de la palabra cambio es amplio,
como el de la palabra valor, y nos cuesta
procesarlo. Tenemos dudas sobre el valor
de la palabra.
Por suerte, están los poetas, que se empecinan
en sostener la defensa de su valor, para que
podamos seguir honrando nuestras deudas
que no paran de crecer.
Nos hacen saber que dependemos del crecimiento
de la economía, que depende de la inversión
externa y que eso está más allá de todo, y no hace
falta entenderlo para aceptarlo.
Podríamos estar peor, pero al menos sabemos
que dependemos de la inversión externa.
Nadie se salva solo: Todos necesitamos cómplices.
Es más fácil ser cómplice que no serlo, y quedarse
solo.
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