(William Arsenio Pereyra)
Era un hombre duro,
pero sus heces blandas
presumían contradicción.
Nadie tenía por qué saberlo,
hay cosas que pertenecen al
ámbito privado:
esa intimidad inapropiable
del sujeto, blando o duro.
Pero ser un recio tiene su precio:
Si bien su consistencia dura duraba,
manteniéndose en el tiempo
ante los ojos de sus semejantes,
duros o blandos, sin verse afectada
por la contextura de sus deposiciones.
Pero en algunas madrugadas,
en la soledad de su cuarto de soltero,
algo lo hacía tambalear, y ahí aflojaba
como un esfínter fuera de control.
Saberse un hombre duro, reconocido
como tal, pero con esas heces blandas,
lo sumían en un sentimiento ambiguo,
una contradicción indoblegable.
No soy lo que hago, se repetía.
Nadie es lo que hace y me cago
en la filosofía:
Se repetía contemplando sus heces
blandas y maleables como el mal.
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