(Senecio Loserman)
Un pronunciamiento innecesario
puede ser el principio
de un calvario.
Me dijo un hombre que no peinaba
canas, era calvo.
Es difícil calcular la edad
de estas personas, a diferencia
de quienes tenemos algo que peinar.
Aunque no todos se peinan: Algunos
por falta de tiempo, o porque no lo
consideran necesario (ésto incluye
a aquellos que nunca se despeinan,
condición que depende de la herencia
genética)
También están lo que suscriben a una
moda que valora la informalidad, y
la acritud descontracturada como signo
de juventud:
Hay quienes consumen productos
específicos para lucir cierta desprolijidad.
Distinto es el caso de los habitantes
de Comodoro Rivadavia, la tierra de
los vientos, donde peinarse resulta
una actividad inútil.
En cualquier caso, no peinarse es una
elección, tan respetable como cualquiera,
así como raparse para evitar el peine:
Hay un tiempo que se gana, y otro que
se pierde, como en cualquier actividad
práctica que comprometa el cuerpo.
Las elecciones personales
expresan una parte de lo que somos
y constituyen una forma de ejercicio
de la libertad individual, que tampoco
es tanta.
Es probable que todos hayamos
cambiado de peinado alguna vez,
y que éste que portamos hoy, no
sea el definitivo.
Mientras haya algo que peinar, somos
libres de adoptar cualquier peinado de
los existentes, o incluso otro.
Así como quienes no lo tienen, son libres
de lucir la falta, como de elegir peluquines
o pelucas que podrían reemplazar con ventaja
a esos cabellos débiles y opacos que le
fueron asignados por la naturaleza.
Más allá de opciones e inclinaciones,
hay que reconocerlo:
Peinarse, es una práctica exclusivamente
humana. No hay otro animal sobre la tierra
o bajo el nivel del mar que la frecuente.
No es la única, hay otras peores.
Se puede estar a favor, o en contra:
No voy a pronunciarme.
No hay comentarios:
Publicar un comentario