(Isnaldo Montalbán)
Las palabras, como las piedras,
tienen distinto valor.
Algunas parecieran no tenerlo,
hasta que las necesitamos:
Los valores cambian, poseen esa
propiedad. Nunca sabemos cuándo
vamos a necesitar una piedra como
esa que supimos despreciar.
Sólo las piedras preciosas
suelen mantener valores elevados.
Entre las palabras, algunas ven elevarse
significativamente su valor en algún
momento, por cuestiones ajenas a sí
mismas.
La historia de esas cotizaciones
es fluctuante, como los valores vigentes
mayormente ocasionales.
Hay, también, palabras preciosas:
Ejemplares exóticos, fuera de catálogo,
de alta cotización entre poetas y aspirantes,
como oropéndola, luminescencia, ignavia,
pábilo, cerúleo, ergástula o carbunclo
(preciosa también como piedra)
Pero son valores acotados a esa práctica
específica, que no es común ni natural.
Fuera de allí, existen algunas palabras
que han sabido mantener su valor:
Precio, es palabra preciosa, cuyo valor
nunca pierde vigencia, a diferencia de
los precios de naturaleza cambiante.
Su valor es proporcional a la utilidad
que presta: Gracias a esta palabra,
accedemos a la posibilidad de valorar
todo lo que existe, bajo forma material
o cualquier otra.
Resulta sumamente útil conocer
que todo tiene un costo, con mayor
o menor incidencia en el valor final,
o precio.
Útil y precio, son dos palabras preciosas
a valores constantes y sonantes.
A diferencia de esas piedras que arrojan
los necios. Los valores genéricos
son cambiantes, tienen esa propiedad.
Pero toda palabra tiene precio,
reconoció un poeta reconocido.
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