(Aparicio Custom)
Al enemigo número uno
ya lo conocemos, y merece
toda nuestra atención.
Sin embargo, el número dos
podría volverse más peligroso
si toda nuestra atención está
ocupada en aquel.
No podemos confiar mucho
en categorías numéricas:
El enemigo número dos
podría convertirse en número
uno antes de poder advertirlo
y cambiar el foco de atención.
No se puede confiar demasiado
en la atención, suele ser tan
acotada como inestable.
Pero mientras tanto, conviene
estar atento: Conocemos bastante
a estos enemigos, pero no son los
únicos aunque sean los peores.
Luego, al tiempo que atendemos
a consignar la alteración del orden
numérico y actualizar el cambio,
hay otros enemigos, no tan identificados
todavía, que pugnan por entreverarse
en los primeros puestos y medran con
cualquier distracción.
No podemos relajarnos, sabemos que
el enemigo no descansa, muta, y nos
conoce tanto o más que nosotros mismos.
II
Hay que estar siempre alerta.
El enemigo sólo busca dividirnos
para doblegarnos:
Es engañoso hablar del enemigo:
Es una trampa, otro de sus recursos
para generar confusión:
No es uno, es plural, y ni siquiera
sabemos cuántos son. En eso, también
nos aventaja.
Sólo podemos asignarle un número
de orden, siempre provisorio.
Al enemigo número uno
ya lo conocemos, a los otros no tanto,
aunque sabemos que el orden numérico
está sujeto a cambios.
Si bien disputan y compiten entre ellos,
como sabemos, también pueden unirse
y adoptar estrategias en común:
El enemigo es capaz de todo, no tiene
principios. En eso también nos aventaja.
El orden numérico es tan dudoso como
el orden cronológico: No podemos confiar,
sabemos que los números mienten, y el
enemigo sabe aprovecharlo como recurso.
Los números sólo siembran confusión
y resultan funcionales a la división,
que es lo que busca el enemigo.
Pero no estamos solos: Mientras
clasificamos a los enemigos conocidos
y reconocemos a los no identificados,
el enemigo interno hace su trabajo.
Y sigue avanzando.
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