(Encarnación Segura)
El valor de la vida
es un hecho cultural,
como el valor de la cultura
una cuestión social.
Las sociedades incultas,
por el contrario, no le otorgan
ningún valor a la cultura:
no la conocen.
Sin una cultura propia, la
vida se reduce a la necesidad,
que es lo único que puede
compartirse, sin agregación
de valor.
En esas culturas, casi no hay
evolución o es tan lenta, que
no se la percibe.
Producen siempre lo mismo,
que les alcanza para sobrevivir
y reproducirse, como animales.
Todas las vidas valen lo mismo.
Conocen alguna forma elemental
de propiedad, que no produce
evolución ni cultura.
Sólo la cultura dispara la evolución,
la sociedad se diversifica dividiéndose
en clases sociales e incorporando la
noción de valor, utilidad, y disponiendo
los recursos necesarios para el desarrollo
de sus fuerzas productivas.
Desde esas condiciones, en ese estadío
evolutivo, se empieza a valorar la cultura,
que impone sus valores y establece las
condiciones para continuar la evolución.
La vida adquiere otro valor, ya no valen
todas lo mismo: nadie es igual a nadie.
Aunque todos gozan del libre derecho
a agregarle valor.
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