(Elpidio Lamela)
Hay niños que se comen
las uñas. También lo hacen
otros, que ya no son niños.
Las uñas vuelven a crecer,
lo que hace de la onicofagia
un hábito sustentable.
Además, siendo las uñas propias
un producto orgánico y natural,
su ingestión es segura.
Dicen que es una de las pocas
cosas que siguen creciendo aún
después de la muerte:
No importa que sea cierto,
ya no las necesitaremos.
Este hábito está asociado
a trastornos de ansiedad, como
tantos otros, aunque no es de
los peores:
No es nocivo, las contraindicaciones
no van más allá de una cuestión estética:
No es agradable el espectáculo
de ver a otro comiéndose las uñas, o
cualquier otra parte de su cuerpo,
aunque cada uno es dueño de disponer.
Tampoco lo es la imagen de esos dedos
anómalos, con uñas deficitarias, o casi
sin ellas, con la parte no consumida
hundida en la carne inflamándola
como un chorizo.
Pero ¿A quién le puede importar
la estética cuando está ansioso?
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