(Asensio Escalante)
En todos los buenos poemas
está Dios agazapado, oculto
o perfectamente enmascarado
(todo en Él es perfecto)
Aunque cueste encontrarlo, más
tarde o más temprano percibimos
su presencia.
Puede ocultarse bajo la forma
de un animal anómalo y ajeno
que vuela hacia la luz, aunque
no tenga alas.
O en la función de un verbo
extemporáneo que hace
que el poema se piense a través
de Él, aunque no esté más que ahí:
En ese verbo que lo habita
impulsándonos a detener la lectura
pensando en un anacronismo:
¿Por qué pasa lo que pasa
en el poema, que hasta ahí cumplía
lo que puede esperarse de un poema
que funciona y ahora vacila?
Dios es la respuesta: Él es anacrónico,
estaba antes y estará después de todos
los poemas, leídos o en espera.
Y si está ahora aquí, es para
que pensemos en Él.
Si quisiera, podría estar en todos
o en ninguno a la vez. Pero no lo hace:
Si lo hiciera, no habría cómo diferenciar
a los buenos poemas, de modo que no
habría ninguno: Todos serían igualmente
dudosos.
Él detesta todo lo dudoso, por eso elije
los buenos poemas para presentarse
aunque no lo veamos. Es para pensarlo:
Sólo los buenos poemas nos hacen pensar.
Dios lo sabe y quiere que pensemos, por
eso hace que su presencia pase desapercibida.
De lo contrario pensaríamos en Él, más que
en el poema, como cualquier cordero.
Bien sabe que cuando pensamos en Él
no podemos pensar en otra cosa, lo que nos
impediría valorar un buen poema
tanto como a los otros.
No hay comentarios:
Publicar un comentario