(Dudamel Rambler)
El nudo de la corbata se veía un
poco flojo, notó uno de los deudos
que acreditaba, con el occiso, una
deuda que ya no podría saldar.
Él lo quiso así, decía que la última
imagen es la que cuenta, la que queda
para siempre y deseaba mostrarse
presentable en la ocasión de su postrer
despedida.
Había dispuesto meticulosamente
el vestuario elegido: camisa, corbata
y su mejor traje.
Sus amigos se encargaron de que fuera
cumplido su deseo, y ahí estaba, sereno
e impecable presidiendo el evento.
El deudo que compartía esa condición
con la de deudor (aunque ésta no fuera
de dominio público, y no sabía si era
compartida por otros deudos, algo
posible ya que el difunto era generoso)
estaba incómodo.
Le incomodaba la imagen de ese nudo
flojo en la corbata de su acreedor amigo,
que parecía aflojarse más con el uso,
como todas las cosas ajustables.
Se lo comentó a otro deudo, tal vez también
deudor: Sí, tenés razón, Rolando, no está
bien terminado ese nudo. Mirá, acercate con
disimulo y, como quien no quiere la cosa,
vas y se lo ajustás bien. No tengas miedo,
no lo vas a ahorcar porque está muerto.
Sí, alguien lo tiene que hacer, pensó
como deudor y deudo: Tal vez sea ésta
la oportunidad de aliviar esa deuda
y mostrar, al menos, voluntad de pago.
Nadie puede vivir tranquilo con una
cuenta pendiente por el resto de su
vida.
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