(Alí Carnazo)
Se comía las eses al hablar,
incluso al masticar.
A veces no se las comía
pero las pronunciaba como
jotas:
Las jotas no se las comía,
es más difícil.
Entre nosotros es bastante
común comerse eses, dicen
que se debe a la inmigración
descontrolada de italianos:
Una lengua que no usa la ese
para el plural, sino la i.
Es natural que eso se traduzca
en nuestra forma de hablar:
La identidad propia de una sociedad
es fruto de todos los aportes
que supo recibir, expresados en su
lengua:
Todo lo que se incorpora tiene un
costo.
Si no fuera así, hablaríamos igual que
los españoles o los uruguayos, y nadie
nos reconocería en el extranjero.
Por eso aceptamos estas faltas. Nadie
le decía nada cuando se comía una ese
u otra. Estamos habituados y nuestra
conciencia repara automáticamente la
falta al percibirla en el discurso del otro:
No deseamos incorporar faltas.
Pero el hábito de comerse las eses
lo fue ganando, tomándole la palabra:
No sólo se las comía al hablar, sino
también al escribir, algo no tan aceptable.
Podemos decir cualquier cosa, pero otra
cosa es escribirlo: Al lector siempre hay que
respetarlo, aún cuando nos resulte dudoso.
Esa falta, menor en un principio, se fue
pronunciando y al expandirse lo iba
aislando del mundo.
Primero incorporó la incomprensión como
algo natural, pero después empezó a sentirse
solo, cada vez más solo y ya no sabía qué
pensar.
Para peor, la falta había crecido sin control.
Comprobó que ahora pensaba sin ese,
y penaba por eso, penaba como quien
no tiene qué comer:
Como ese
Como ese
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