(Elpidio Lamela)
No compartas tu idiolecto,
es tuyo, acaso lo más propio
de lo tuyo.
Ama tu idiolecto, con sus vicios
y defectos. Siempre habrá otros
más perfectos, pero nunca serán
tuyos.
Faltas, errores y omisiones
hacen a la expresión de tu identidad
más íntima, esa intimidad inapropiable
y única: esa unidad dudosa que todos
llamamos yo.
Tu idiolecto es lo que te hace diferente,
lo que te define: Los sujetos estamos
definidos por nuestras diferencias.
Mucho más que por el nombre:
El mío, por ejemplo, es Serafín
y conozco otros Serafines con quienes
no tengo ninguna afinidad.
A otros, ni siquiera los conozco,
ni hace falta.
En cambio, mi idiolecto es único, sólo mío
y no pienso compartirlo con ningún Serafín.
Hay cosas que no se comparten, son pocas.
El idiolecto refleja tu relación con la lengua,
es decir con el mundo, es decir con la vida.
En una palabra, la vida no es más que una
palabra. Todos usamos las mismas, más allá
de la amplitud de nuestro vocabulario, pero
no de la misma forma.
No somos las palabras que conocemos,
sino las que usamos, y las que evitamos:
La forma de relacionarlas y articular sus
relaciones con otras, la relación que
entablamos con ellas al emitirlas.
Después, está el lenguaje de los cuerpos,
propio de todo animal, sobre el cual
no hay mucho que decir.
El idiolecto, no tiene que ver tanto
con el discurso poético, que suele ser
más elaborado, es decir controlado:
Hablar y escribir no son lo mismo.
Al hablar, podemos comernos las eses,
algo casi tan aceptable como comerse
las haches o comerse una coma.
Ama lo que comas: Sin metabolismo
no podrías amar nada, ni gozar de tu
idiolecto, aunque no sea el más perfecto.
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