(Manuel Santos Lupanares)
Hay quienes pierden el tiempo
con asiduidad. Luego, es común
que la frecuencia de la pérdida
evolucione en normalidad:
Se hace costumbre, y el tiempo
perdido no se lamentan ya que
ha dejado de percibirse como tal.
¿Hay algo mal?
Para otros, tal vez sí, pero no para
el que lo ha normalizado, él no se
reconoce, y sin el sentimiento de la
pérdida, no hay perdedores.
No sabe lo que pierde: Hacerle saber
que está perdiendo el tiempo, sería
tiempo perdido.
No hay forma de reparar la pérdida,
ni de hacer que deje de perderlo.
Vivimos de costumbres y hábitos,
por costumbre no se diferencian:
Cada uno es dueño de una parte de
su tiempo, puede destinarlo como
le parezca: Las autoridades procuran
reducirlo. Hay mucho destino incierto.
Yo escribía unos poemas algo extraños,
con tonalidades críticas y pretensiones
filosóficas. Tal vez, ni eran poemas
pero lo hacía como hábito, me había
acostumbrado.
Para otros, eso podría ser una pérdida
de tiempo; no para mi:
El verdadero perdedor no se reconoce.
Un buen día, decidí salir de ese molde
y abandonar las profundidades en las que
solía perderme buscando verdades más
perdurables y escribí otra cosa.
Ahora me acostumbré, y sólo hago
poemas costumbristas como éste.
No hay comentarios:
Publicar un comentario