(Carlos Inquilino)
Es difícil esconderse en el desierto.
No hay rincones, cuevas, árboles
ni abras.
Cavar un pozo de zorro, es inútil
como montar un castillo de arena.
Ni un zorro lo haría.
No hay escombros, ni basura amontonada,
no hay muros, presenciales ni virtuales
ni fondo de pantalla alternativo.
Esconderse en el desierto es una empresa
vana.
Una vez tuve un sueño clandestino:
Me buscaban todos los servicios
de inteligencia y seguridad del mundo,
las fuerzas del orden global y natural.
No tenía claro el motivo, pero sí la culpa:
No podía haber provocado tal despliegue
y no ser culpable (es casi tan difícil como
esconderse en el desierto)
Las calles estaban tomadas por ellos,
dispuestos en forma estratégica y exhibiendo
todo tipo de armas, el resto eran infiltrados.
No había forma de llegar a los lugares
que solía frecuentar, aunque tampoco
era seguro.
Estaba rodeado, bien rodeado en el peor
de los sentidos. Sin escapatoria, no había
mucho que esperar: era cuestión de tiempo:
No había refugio para ponerse a salvo.
¿Dónde podría estar? ¿Adónde estaba?
En la calle estaba, caminando entre ellos
con desaprensión natural, como quien espera
un milagro. Nadie podía sospechar que
estuviera ahí.
Esconderse en el desierto es difícil,
más fácil es pasar desapercibido,
confundiéndose con otros desertores.
No hay comentarios:
Publicar un comentario