(Ermindo Renomé)
El sufrimiento es natural
a todo organismo vivo
provisto de sistema nervioso.
A través de millones de años
la evolución de la materia
orgánica dio lugar a biologías
diversas y especies cada vez
más sensibles e inteligentes.
Estas condiciones, si bien son
relativamente complementarias,
no necesariamente tienen que ir
juntas ni desarrollarse en forma
paralela.
El mejor ejemplo somos nosotros:
Con la conquista de la conciencia,
aprendimos a dividir, y a separar
las cosas:
Entendimos que el desarrollo excesivo
de la sensibilidad, podría resultar un
escollo para el desarrollo de las fuerzas
productivas que sostienen la evolución.
Esta capacidad de dividir y discernir
es un rasgo exclusivo de nuestra especie,
y es lo que nos hizo superiores.
Este capital cognitivo nos permite fijar
límites y establecer prioridades, en un
sentido útil y funcional al mandato
evolutivo.
Hoy observamos con claridad, que los
líderes que hemos sabido generar y
controlan la dirección del mundo
sensible y civilizado, son personas
como nosotros.
Ellos pudieron desarrollar su inteligencia
y controlar la sensibilidad, es decir, la
parte negativa de su capital emotivo.
Ellos no sufren, pueden hacer sufrir
a millones de personas, sin que les
afecte: Lo han superado.
Se trata de un pasivo aceptable, como
parte del costo del desarrollo evolutivo,
patrimonio de la humanidad.
Nosotros todavía sufrimos, no alcanzamos
aún ese grado de control.
Pero ¿Hasta dónde hay que sufrir?
¿Es sano seguir sufriendo o sólo es justo?
No sabemos, pero hay disciplinas que lo
han estudiado y pueden ayudarnos:
Lo que no se expresa, se sufre.
Hay que sacarlo todo afuera, externalizar
como sacamos la basura.
Al expresar un padecimiento, liberamos
toxinas, energía negativa, tensiones inútiles
y producimos endorfinas:
La conciencia se amplía y libera espacio
para los próximos padecimientos.
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