(Elpidio Lamela)
La imagen de un pulpo arrodillado
es conmovedora, como la de esos
mutilados que compiten y entrenan.
Siempre es bueno entrenar para algo,
nunca se sabe. El objeto no importa:
Todo objetivo constituye un desafío,
el resultado final es secundario.
No se puede vivir sin objetivos,
y ser feliz con esa falta mutilante.
Es probable que no se pueda ser feliz
en un mundo como éste, con su gran
mayoría condenada a padecer:
Ése es otro desafío. Pero tener algún
objetivo, justifica el trabajo de entrenar,
repitiendo movimientos y ejercicios
que no tendrían sentido sin aquel.
El ejercicio de entrenar y ejercitar
la repetición para superarse, estimula
en la práctica el desarrollo de la fe.
La fe todo lo puede: Ella mueve a los
artistas, a los altruístas, a quienes practican
el comercio, a los que estudian y a los
inversores grandes y pequeños.
La fe todo lo puede: Un sujeto poseído
por la fe, puede aceptar cualquier cosa.
Puedo dar fe.
No hay sujeto propio sin objeto,
incluso en condiciones patológicas
con todos sus desvíos, perversiones
y desarrollos anómalos conocidos.
Aunque en el campo patológico
los límites son bastante difusos:
Algunos pensadores, vinculan ciertas
prácticas del cultivo de la fe a conductas
patológicas, algo opinable:
La fe es un sentimiento, y todos los
sentimientos conocidos suelen contener
desechos patológicos.
Hay que ser cauteloso con las emociones.
El pensamiento también puede entrenarse
y mantenerse competitivo, pero sin un
control adecuado puede caer en excesos
peligrosos.
Si se observan las coordenadas de la fe,
hay tantos cultos como púlpitos:
Ved a aquellos fieles, adorando la imagen
de un cefalópodo acéfalo.
¿Quién dice que no sean felices?
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