(Amílcar Ámbanos)
Ésto lo explica todo,
rezaba el título.
No sé por qué me atrapó,
sentí que no podía dejar
de leerlo aunque fuera lo último
que hiciera en mi vida de lector.
Sólo se deja de leer, aquello
que se empieza, y yo había leído
el título: una parte del poema,
a veces la más importante, o
incluso la única:
Ésto lo explica todo. No sé por qué
sentía que no podía dejar de leerlo.
Sé que hay pocas cosas que lo expliquen
todo, aún en forma parcial. Pero fuera
de eso, no le encontraba explicación.
Esta cosa era un poema, o al menos
lo prometía, como todos los poemas,
y bastante extenso para mi gusto de
lector salteado.
Esta condición, me permite ahorrar
lecturas tediosas, saltar líneas y abreviar
la búsqueda de la verdadera sustancia,
es decir lo que justifica la lectura:
La satisfacción gozosa del deseo
que explica la lectura de lo que no
se conoce.
Pero esta vez fallé como lector salteado
y completé la lectura con corrección y
avidez.
No encontré una explicación válida
ni las explicaciones que buscaba, pero
pude confirmar dos cosas:
Los poemas no tienen explicación,
nada explica que alguien haga algo así.
La otra: el valor de un título,
No hay que dejarse atrapar, puede ser
una promesa vana. Los poemas sin
título son más confiables y seguros.
No hay comentarios:
Publicar un comentario