(Amílcar Ámbanos)
Cometer una buena acción
requiere tanta energía, o menos
que una mala o dudosa.
Todas las acciones demandan
una cantidad de energía
que se consume en ellas, aunque
es difícil de mensurar.
Cualquier medida es energía:
Diseñarla, emitirla, ejecutarla, son
acciones que importan energía.
Tal vez, una buena parte de todas
nuestras acciones sea inocua, o no
resulte fácil establecer su categoría:
Podrían ser buenas en un sentido,
y lo contrario en otro, o ser buenas
para unos y malas para otros.
Eso es insalvable: la contradicción,
el conflicto, son componentes naturales
de la interacción y el intercambio.
Pero vivimos del comercio, en sus
distintas formas y expresiones,
y procedemos de él.
¿Es la energía un estado de la materia?
¿O lo inverso?
Hay estados que importan energía
y otros que la exportan: El intercambio
hace que a nadie le falte nada de lo que
necesita (Aunque no sabemos cuánto
podemos llegar a necesitar?
Toda la energía que disponemos
en nuestras acciones, es importada:
Nadie produce su propia energía,
necesitamos respirar, beber, comer,
y otros verbos subalternos:
Todas nuestras acciones, buenas, malas,
neutras o dudosas dependen de esa energía
importada, a la que le es indiferente ésta
clasificación y todas.
Somos libres de calificar acciones
pero sólo la dependencia es soberana.
La energía es ajena a los signos
de puntuación, como a todos los
cambios de signo:
No existe una energía positiva
ni una negativa, como no existen
seres positivos o negativos.
Entre otras acciones, la energía ajena
con un uso apropiado nos permite pensar
y hablar de pensamiento propio.
¿Una paradoja, un exceso de soberbia?
Tal vez, pero sirve para negarse a aceptar
esa, y otras paparruchadas.
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